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Violencia Familiar

La relevancia de nombrar en Trabajo Social


 

 

 

La relevancia de nombrar como acto generador de realidad en las Intervenciones de Trabajo Social

Por Alexandra Gajardo Tobar

Trabajadora Social

© Magíster en Trabajo Social

 

What’s in a name?

That which we call a rose by any other name

would smell as sweet

 

 

 

¿Quién de ustedes no ha escuchado alguna vez en su vida la trágica historia de Romeo y Julieta? Para mí escuchar sobre Romeo y Julieta, más que acercarme a la tragedia romántica y a la idealización de los amores, me hace pensar sobre la influencia de la familia, sobre como esta influencia muchas veces deviene dominación y violencia y también, aunque inicialmente pareciera que no tiene nada que ver, como desde la familia y otros contextos construimos realidad a través de nuestras formas de nombrar.

A los trece años leí por vez primera Romeo y Julieta y más allá del fatal destino de sus protagonistas y la trama de equivocaciones que desembocan en ello, lo que me impactó y sigue llamando mi atención hasta el día de hoy es la pregunta de Julieta sobre el sinsentido de la disputa entre los Montesco y los Capuleto y lo que significaba para ella pertenecer a una de esas familias. Las mismas inquietudes me rodean y como Julieta también me pregunto ¿Qué es lo que encierra un nombre? Si nos llamáramos de otro modo ¿seríamos los mismos? Nuestra forma de nombrar (los fenómenos, los problemas) ¿Pueden constituirse en obstáculos para las personas? ¿Pueden poner frenos a los deseos de crecer y a la necesidad de desarrollo de los individuos?

Pertenecer a familias rivales no impidió a Romeo y Julieta enamorarse, sin embargo sus nombres y las historias que tras ellos se tejían fueron obstáculos que les condujeron a un trágico destino. Hoy, después de unos cuantos años, entiendo que cuando Julieta pregunta: What’s in a name?, y luego afirma: That which we call a rose by any other name would smell as sweet no hace sino, en la paradoja, en la contradicción, indicar la relevancia de la irrelevancia de un nombre. Expresa, en el contexto de la obra, que no tiene importancia como llamamos a las cosas o a las personas, porque lo que importa es la esencia de éstas, ese algo que las define y las hace especial, que trasciende las palabras. Sin embargo, al mismo tiempo, también releva la importancia del nombre, de cómo llamamos a algo, pues la forma en cómo lo hacemos remite, necesariamente, a una historia compartida, a un modo de entender y de ver, y es esto lo que se encuentra más allá del nombre, más allá de lo nombrado.

Asimismo, la forma de nombrar se relaciona a un ethos cultural determinado, que no es azaroso y que sustenta ese modo de ver, de entender y de enunciar. No basta sólo con cambiar los apellidos de Romeo y Julieta, porque la disputa entre sus familias no finalizará con esto, lo que debemos comprender es el modo de conceptualizar las diferencias que les han llevado a esta guerra, pues desde el discurso que cada familia ha construido emerge el poder que influye en la manera de visualizar su mundo y el mundo del otro. Esta construcción, esta historia se cristaliza, en el caso de estos jóvenes, en un apellido y en nuestro ejercicio profesional, en una categoría.

A diario nos encontramos con ejemplos sobre la potencia de los nombres y el acto de enunciar. Parafraseando a Vicente Huidobro el nombre cuando no da vida, mata, por tanto, no sólo se crea mundo, vida, realidad a través de la palabra, sino también, son conjurados la exclusión, la apatía, los prejuicios, las categorías, las diferencias, el desdén, la superioridad, la inferioridad, la muerte…

Nombrar otorga poder. Más aún si esa enunciación se produce en contextos de desigualdad y de exclusión, donde existe una marcada jerarquía, y donde las diferencias son abismantemente notorias. En estos contextos, el otro, el nombrado, "adopta las características dadas por quien lo mira y lo busca nombrar. Y si bien a otro subordinado, jerarquizado, se le puede conceder alguna virtud estética o moral muy difícilmente se le otorgará un estatuto de legítimo pensamiento" (Matus, 1999: 88-89). Desde aquí se construye una serie de imágenes socioculturales que definen y prescriben conductas.

En el ámbito del Trabajo Social, es fundamental tener a la base de las intervenciones estas consideraciones. Entender que desde esta mirada el sujeto es desplazado por los discursos, por las formas de nombrar, permite, a la vez, reconocer que es a

través de estos actos de enunciación (a través del lenguaje) que se genera y configura lo real. Por esto, no es lo mismo trabajar, con agresores a hacerlo con hombres que ejercen violencia. En la primera forma de nombrar los sujetos se hacen iguales a las "disfunciones" identificada por los expertos. En cambio, en la segunda el sujeto es desplazado y el interés se centra en los dispositivos que han favorecido el uso de la violencia como mecanismo de dominación de otros y otras.

Entonces, si desde el lenguaje se construyen ideas totalizantes que limitan miradas, y prescriben lo que se debe o no hacer, es también, desde el lenguaje donde se abre la posibilidad de elaborar nuevos estatutos que promuevan la construcción de una nueva materialidad. Esto implica, destruir, botar, quebrar, aniquilar -no a las personas, sino- los conceptos, las formas de nombrar que encuadran, limitan y definen las intervenciones de los trabajadores sociales.

Lo anterior, cobra aún más sentido, cuando se comprende que la relación que como profesionales establecemos con los usuarios -en miras a superar momentos, estados, situaciones de exclusión- demanda, como condición sine qua non, considerar a los sujetos, a los otros, a los que están frente a nosotros, como interlocutores validos. Esto implica el reconocimiento de sus propios discursos y de sus modos de nombrar, no como algo errado, que no debe ser, sino como algo que es y que ha sido construido en conversaciones con otros.

Asimismo, si aceptamos que la herramienta por excelencia de Trabajo Social es la palabra y que las intervenciones que realizamos no sólo dejan huellas, marcas, rastros en los sujetos (en los mismos discursos de los sujetos) sino, además, operan en la formación de la identidad de éstos, entonces, estamos en condiciones de reconocer que la capacidad de enunciación de cada profesional (y de cada sujeto) es fundamental en la formación del "yo". De ahí, la importancia de entender que la eficacia del trabajo social se juega en el reconocimiento de estas prácticas enunciativas y en la resignificación de las mismas desde una perspectiva que considere las capacidades de los sujetos y que no descanse en la categoría del problema.

Por ello, la necesidad de que las intervenciones del Trabajo Social se conviertan en mediadoras entre los discursos y las interpretaciones de los usuarios y las formas de entender de las instituciones que trabajan con ellos. La idea es hacer visible lo oculto a través de las narraciones y del sentido que cada uno otorga, favoreciendo la generación de dispositivos que permitan intervenir en lo simbólico. Trabajo Social por tanto, pretende la reconstrucción de discursos fracturados (Matus, 2006) que evidencian la exclusión a la que se encuentran sometidos los sujetos, toda vez que ellos son acompañados por etiquetas que los diferencian y marcan: mujeres golpeadas, hombres agresores, familias indigentes, familias disfuncionales, padres inadecuados, entre muchos otras.

Son estas categorizaciones las que, junto con decirle a las personas que tienen algo que las hace "negativamente" distintas al resto (a los "normales": padres adecuados, familias funcionales...) hacen más evidente, aún, y profundizan la exclusión que vivencian. Es más, no en vano las intervenciones que se planifican pretenden responder a estas formas de nombrar.

A modo de ejemplo, en Chile las intervenciones que abordan la violencia contra la mujer escasamente incluyen a los hombres que ejercen violencia, tradicionalmente se ha trabajado en forma exclusiva con las mujeres. Las intervenciones que no consideran a los hombres sólo reafirman los referentes socioculturales que han permitido la construcción de una masculinidad entendida como "hombre superior que domina a las mujeres" las que a su vez son débiles y vulnerables,

colocando, así, la violencia como un problema del ser de los hombres más que del hacer. Desde esta perspectiva y dado que la violencia es parte de su esencia no se justifica trabajar con ellos.

Adhiero a la idea de que las intervenciones en Trabajo Social no sólo deben estar pensadas para hacer evidentes los discursos de los usuarios, sino también para promover la integración y articulación de dichos discursos en un círculo hermenéutico. No se trata de cortar y pegar, sino más bien de identificar los puntos de encuentro que permitan la construcción de una nueva materialidad, de un nuevo simbolismo, con sentido para los usuarios, las instituciones y la sociedad. La articulación de estos discursos debe ser llevada a cabo de forma coherente para que den cuenta de las situaciones de exclusión y que permitan, a la vez, promover la superación de esas situaciones.

Para finalizar esta reflexión, dado que el tema da para mucho más, me parece pertinente recordar la relevancia de los nombres puesto que en lo social -no así en Shakespeare- llamar a una rosa de otro modo puede marcar la diferencia.

 

 

 

2 comentarios

Jennifer Herrera -

Considero que el lenguaje es fundamental, pues es la forma en cómo nos comunicamos y damos a conocer nuestros pensamientos y percepciones, es por esto que considero que para tener una visión más holística de la persona será necesario trabajar o considerar la teoría ecológica al momento de intervenir con personas que han estado involucradas en situaciones de violencia, pues de esta forma veremos el hecho como tal y no encasillaremos a la persona en base a ese evento determinado, a la vez nos permitirá trabajar desde aquellas características potenciadoras de la personas.

Yohana Mena -

Es interesante lo que usted plantea, ya que en la pregunta de Julieta se deja ver que un nombre no es más que eso, lo cual no incluye la esencia del ser humano o de la persona.
Por tanto, hay que considerar que nosotr@s como futuros profesionales, trabajaremos con personas, quienes tienen ya una historia previa y son más que nombres y acciones, por ende estoy de acuerdo en que no hay que reducir al ser en el hacer, por que eso significaría juzgar sin conocer o peor aún, sin ni siquiera tener la intención de conocer más allá de lo que se presenta en una realidad reducida.